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Juan Donoso Cortés (2025): “El verbo y la espada”, Antología de Yesurún Moreno Gallardo, Editorial Conservadora

Jurista, escritor político y poeta de las ideas en mayúscula, Juan Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, es sin riesgo a equivocarnos el pensador político español más importante del siglo XIX y, probablemente, uno de los intelectuales más lúcidos de la filosofía política hispana. Por alguna extraña razón —que desconozco— su obra ha sido objeto de un olvido y de una amnesia colectiva sin parangón. Así como otros pensadores en vida sufrieron un auténtico ostracismo (aunque se les acabara reconociendo póstumamente su valía, pienso en Nietzsche, por ejemplo), a nuestro autor le sucedió más bien todo lo contrario, es decir, gozó de gran prestigio y reconocimiento en su época, pero ha sido injustamente ignorado tras su muerte.

Luis Napoleón Bonaparte, Otto von Bismarck (que lo llega a citar en sus memorias), Klemens von Metternich, François Guizot y, muy probablemente, el zar Nicolás lo conocían y se habían hecho eco de sus ideas. También pensadores como el historiador Leopold von Ranke y el filósofo idealista Friedrich Schelling. Esto se debe no sólo a sus encargos como diplomático en el periodo isabelino en Francia y Alemania, sino, sobre todo, a sus discursos parlamentarios —que recogemos en esta antología y que recorrieron como un espectro gran parte de Europa—. Peter Gowan ha puesto los puntos sobre las íes al respecto: «La memoria contemporánea ha mantenido completamente reprimida a la principal excepción de la marginalidad española en la escena intelectual del continente: la extraordinaria figura de Juan Donoso Cortés (…). En los confines provincianos de la academia moderna angloamericana —una figura central en la historia de las ideas políticas del siglo XIX— ha sido olvidada casi por completo»[1]. Fue morir y dejó toda una época histórica huérfana de sus escalofriantes escatológicos vaticinios.

Él, apesadumbrado y taciturno, se lamentaba en su Historia de la regencia de María Cristina (1843): «Sé que las ideas que me propongo combatir como falsas, como peligrosas o como absurdas, caminan adelante vencedoras de todos los obstáculos; sé que conmoverán a las sociedades humanas hasta en sus anchos fundamentos, que lo arrastrarán todo en pos de sí, instituciones, y leyes, y costumbres, y creencias, como en revuelto torbellino; sé que la luz de la verdad padecerá desmayos en el horizonte del mundo y que el mundo andará como perdido en tinieblas; sé que llegará para las sociedades aquella tristísima noche en que, según las palabras de la Sabiduría divina (…), no habrá lugar para ninguna cosa y todas las cosas estarán fuera de su lugar»[2]. Probablemente, no era consciente hasta qué punto se cumpliría la gravedad de su juicio… No obstante, la esperanza es una virtud cristiana. No debemos desfallecer en el recto propósito de promover las ideas del extremeño, que son, por otro lado, ideas preñadas de verdad. Ojalá Louis Veuillot estuviera en lo cierto al afirmar: «El nombre de Donoso Cortés no perecerá; al contrario, crecerá. Sus ideas, lejos de caer en el olvido, adquirirán más poder a medida que los síntomas que él ha predicho se manifiesten»[3].

Hoy sabemos que aquellos peligros de los que nos advirtió esta Casandra católica han ido extendiéndose paulatinamente por todo el mundo, como si de una enfermedad en estado de metástasis se tratase.

A caballo entre el pensamiento jurídico y la teología de la historia, sus intuiciones —en ocasiones proféticas— encarnan un modo de ver, sentir y pensar el mundo propiamente español, con el Verbo y la espada [4]. Donoso encarna la tradición hispana que arranca en la Escuela de Salamanca y desemboca en luminarias como José Antonio Maravall, Álvaro d’Ors, Luis Díez del Corral, Manuel García-Pelayo, Dalmacio Negro o Pedro Carlos González Cuevas. Tradición cuyo núcleo es la síntesis entre lo jurídico, lo político y lo teológico. Y como afirmara el maestro Alberto Caturelli en su formidable Donoso Cortés. Ensayo sobre su filosofía de la historia (1958): «[…] para Donoso la historia siempre es dialéctica de libertad humana y libertad divina, es evidente que ese ‘contacto’ entre libertad humana y libertad divina, si bien señalado por la filosofía, en sí mismo es puro misterio y, por eso, la especulación donosiana es una permanente implicación, una profunda simbiosis, una imbricación inescindible, entre filosofar y fe»[5].

Tradición, por otro lado, que ha vibrado acaso con más fuerza allende el Atlántico en autores —por desgracia fenecidos— como el padre Osvaldo Lira, Jaime Eyzaguirre, Mario Góngora, Juan Antonio Widow, Nicolás Gómez Dávila, Alberto Caturelli, Julio Meinvielle o Jorge Eugenio Dotti, pero que sigue vibrando en otros —que aún nos acompañan— como Antonio Caponetto, Bernardino Bravo Lira o Gonzalo Larios. No en balde, Donoso Cortés llegaría a proclamar mediante su particular pathos: «Yo represento algo más que eso; represento mucho más que esto; yo represento la tradición (…). Si mi voz tiene alguna autoridad no es, señores, porque es mía; la tiene porque es la voz de vuestros padres» [6]. No se hace el suficiente énfasis en la trascendencia de haber entonado tales palabras: «Yo represento la tradición», porque el joven Donoso se había extraviado obstinadamente en el error de abrazar tanto la «soberanía de la razón» como el mito del progreso y, en consecuencia, la «civilización filosófica», llegando a afirmar con su flamígero verbo: «Una nueva bandera, cándida, resplandeciente, inmaculada, ha aparecido en el mundo; su lema es: Soberanía de la inteligencia, soberanía de la justicia. Sigámosla, señores; desde su aparición, ella sola es la bandera de la libertad; las otras de la esclavitud; ella sola es la bandera del progreso; las otras, de las reacciones; ella sola es la bandera del porvenir, las otras del pasado; ella sola es la bandera de la Humanidad; las otras, de los partidos»[7].

Quién le iba a decir a este muchacho de retórica sansimonista que unos años más tarde renegaría de su credo juvenil con solemnísima rotundidad: «entre las doctrinas que profesaba yo cuando tenía pocos años, y las que profeso ahora, hay una contradicción radical y una repugnancia invencible (…). Por lo que hace al parlamentarismo, al liberalismo y al racionalismo, creo del primero, que es la negación del Gobierno; del segundo, que es la negación de la libertad; y del tercero, que es la afirmación de la locura»[8]. Tal ruptura-en-la-continuidad hizo emerger de las profundidades de su herido cogito la fuerza escatológica y, como observó agudamente Carl Schmitt en su Interpretación europea de Donoso Cortés (1952): «Durante el periodo liberal de su juventud se había apropiado también la construcción filosófico-histórica de progreso, inteligencia y libertad, inherente al liberalismo. Al superar en sí esta construcción filosófico-histórica, comunicó a su propia imagen cristiana de la Historia una inesperada tensión»[9].

Ahora bien, el principal problema sobre la interpretación del ideario donosiano reside en la tan frecuente pretensión de académicos, científicos sociales y estudiosos de desfigurar el objeto de estudio como si las ideas políticas pudieran introducirse en probetas de laboratorio. Igual que sucede tantas veces en teoría política, la vida y obra de Juan Donoso Cortés ha sido troceada por una serie de «cortes epistemológicos». Estos cortes, que son abstracciones arbitrarias (introducidas por los comentaristas ad hoc), han contribuido, sin duda, a comprender algunos aspectos del pensamiento donosiano, eso sí, al precio de dejar de lado otros aspectos igualmente importantes. Tal maniobra taxonómica ha llevado, por ejemplo, a que Francisco Elías de Tejada, Miguel Ayuso o Jacek Bartyzel exageren el componente tradicionalista en el extremeño. Y ha llevado también a Carl Schmitt y sus seguidores a ver en Donoso un mero precedente de su doctrina decisionista. Incluso, algunos liberales se atreven a reclamar para sí al joven Donoso en aras de justificar que existe un primer y genuino liberalismo (o liberalismo triste) y un liberalismo «traicionado», si se me permite la expresión.

Así las cosas, el extremeño, incardinado en el realismo político, vivió tiempos convulsos que detestaba. Fue un moderno antimoderno, por decirlo con Antoine Compagnon; un reaccionario isabelino y un contrarrevolucionario que invocó la «dictadura comisaria» como ultima ratio legítima para hacer frente a la excepcionalidad y a la anomia revolucionarias. Como apunta Dalmacio Negro en su soberbio prólogo a la breve antología que preparé para España titulada Donoso Cortés. La razón antiliberal (2024): «Donoso restituyó el sentido clásico de la palabra dictadura»[10]. Y lo restituyó atendiendo al principio del derecho romano Salus populi suprema lex est.

El mismo Donoso afirmaría sin ambages en su «Proyecto de Ley sobre estados excepcionales» (1839) —recogido en este libro— que «el pueblo no se queja, no puede quejarse de una dictadura que le salva»[11]. Ya expresaba este sentir en Chile —aunque críticamente— el político del Partido Radical Alberto Cabero en un artículo publicado en El Mercurio el 27 de octubre de 1931: «El instinto de vida y defensa hace que una sociedad amedrentada por la anarquía política y social y por la amenaza creciente del comunismo, busque su salvación en un brazo fuerte que la proteja, y acepta preferentemente el brazo armado, que es para ella, más que el mantenimiento del orden público, la seguridad de sus bienes y la vida misma a salvo».

¿Acaso no está sucediendo también esto mismo en Centroamérica? ¿No están pidiendo a gritos los pueblos para sí un Nayib Bukele que «meta en su cauce el torrente de las costumbres desbordadas»? Parecen escritas hoy las líneas que, en 1924, Eugenio d’Ors dedicó al vacío epocal de autoridad: «Una nueva canción resuena hoy en el fondo de las conciencias. Contraria a la que sirvió para mecer la cuna del siglo pasado. Enemiga de ‘la Marsellesa’ y sucesora de la misma: yo he llamado alguna vez a esta canción, todavía sin solfas, ‘la Marsellesa de la Autoridad’»[12]. Y la melodía —esto es, la secuencia lineal de notas que constituyen una sola estructura— de dicha canción está en germen en la obra de Juan Donoso Cortés, melodía que tratamos aquí de presentar al público hispanoamericano.

A tenor de los estudios biográficos que hicieron Dietmar Westemeyer, Edmund Schramm y Federico Suárez Verdaguer, hemos tenido noticia de que la «cuestión de la dictadura» es una de las preocupaciones ininterrumpidas del español. Cuando apenas estaba en la veintena, Donoso ya tenía anotaciones en sus diarios a propósito de la dictadura romana. Cuestión que luego desarrollará en sus Lecciones de derecho político (1837), en donde llega a afirmar que «toda revolución política, en el primer momento de su aparición, debilita el Poder, y un Poder fuerte era la única esperanza de salud para esa sociedad estremecida. Cuando las costumbres son la causa del desarrollo de las revoluciones, sólo puede terminarlas el Gobierno por medio de la dictadura; porque sólo siendo dictador puede meter en su cauce el torrente de las costumbres desbordadas, puede imprimir una nueva dirección de las ideas y, asentando el estandarte de las leyes hasta en el hogar de la familia, puede extirpar el cáncer que a la sociedad devora»[13].

Entonces, la pregunta obligada es: ¿qué concepto de «dictadura» maneja realmente Donoso Cortés? Conviene aclarar este punto ya que suele venir cargado de una serie de connotaciones negativas que enturbian la correcta comprensión de su naturaleza. Para ello, hemos de remontarnos al arquitecto del concepto moderno de soberanía (concepto inescindible del de dictadura), esto es, a Jean Bodin (1530-1596). Para el jurista francés, el dictador romano no es soberano en tanto en cuanto su poder es «derivado». Debe ceñirse a cumplir un objetivo concreto y retirarse (como hiciera Lucio Quincio Cincinato). Su mandato está limitado material (objeto) y temporalmente (forma). De ahí que Norberto Bobbio en su texto «La dictadura moderna» (1985) afirme: «mientras el dictador comisario es investido por el poder de la constitución, es decir, tiene un poder constituido, el dictador soberano recibe su poder de una autoinvestidura o de una investidura simbólica, pero sólo simbólica, popular, y asume un poder constituyente»[14]. No, en la tradición clásica dictadura no equivale a tiranía o despotismo. No son palabras sinónimas[15] . Al igual que los clásicos distinguían entre el soberano y el tirano; si el dictador, en el transcurso del ejercicio de la dictadura comisaria, se desviara del propósito originario que lo legitimó, en lugar de hablar de dictadura, deberíamos emplear el término «despotismo».

El historiador patrio Mario Góngora no cae en el señuelo democratista y afirma, en la misma línea (en una entrevista para El Mercurio, «Las lecciones de la Historia», 1984): «Una dictadura también puede ser democrática, en la medida en que cuenta con la adhesión —tácita o plebiscitaria— a un jefe carismático. Pero la dictadura, aunque pueda considerarse democrática por tener apoyo popular, suprime la libertad. Cuando en Occidente se dice democracia se quiere decir una democracia con libertad (…). Un dictador puede ser democrático y una democracia puede ser tiránica. Eso es filosofía política». Por ende, se trata de una técnica de realización de la soberanía como ultima ratio y no de una forma política al uso. Bajo el régimen de dictadura se da la suspensión del derecho ordinario en pos de la conservación de la comunidad política en situaciones excepcionales.

Norberto Bobbio, entonces, resume a la perfección las características básicas de la dictadura romana, a saber: a) estado de necesidad con respecto a la legitimación; b) plenos poderes en referencia al mandato; c) unidad del sujeto investido del mandato; d) temporalidad del cargo. Es en esos estrictos términos que Donoso Cortés —en la sesión del 4 de enero de 1849— solicitaba vehementemente la atribución de poderes excepcionales para que el general Ramón María Narváez (1799-1868) pudiera neutralizar con éxito las reminiscencias levantiscas del Espíritu de 1848. De ahí que Gonzalo Larios afirme en su estudio preliminar a esta obra: «Dentro de estos límites y cumpliendo su misión, la dictadura no aparecía sólo necesaria, sino legítima, ya que sólo ella sería capaz de acabar, en aquellas circunstancias, con los peligros concretos que amenazaban a la sociedad».

Donoso Cortés fue un contrarrevolucionario militante y ejemplar en la medida en que dio cumplimiento a las aporéticas palabras de Joseph de Maistre, a saber: «la contrarrevolución no será una revolución contraria, sino lo contrario a una revolución». De ahí que prefiriera la dictadura del sable a la del puñal: por venir de lo alto, ser más noble y justa que el cainita, vengativo y virulento «furor demagógico». Por todo ello, podemos decir también, sin miedo a equivocarnos, que Donoso Cortés es un pensador farmacológico o katéchontico. Porque supo ver la política como esa dosis de veneno precisa (pharmakós) que debe introducirse en el cuerpo político para salvarlo cuando se halla contaminado de los «principios disolventes y los hechos revolucionarios».

Sea como fuere, sólo la lectura crítica y sin mediaciones del autor como fuente primaria puede ayudarnos a «enderezar entuertos». Este es nuestro principal propósito: ofrecer una antología ordenada, clara y diáfana de los textos más descollantes en aquellos campos que Donoso dominaba con pasmosa soltura (filosofía política, ontología jurídica, filosofía de la historia, teología, diplomacia, historia y antropología). Campos que confluyen en una «ontología del orden» o, si se prefiere, en una Filosofía Política del Orden y, como sugiere el profesor Domingo González en su libro Soberanismos (2025): «una verdadera ontología de lo político no puede obviar el peso de la historia (…). Siempre habrá un polo trascendente (ontológico) y otro inmanente (histórico) en la realidad política»[16] . Y él, como buen pensador católico, siempre tuvo una fortísima conciencia histórica.

[…]

Por cuanto se refiere a la pertinencia de esta publicación, creemos sinceramente que el conjunto de documentos que aquí se recopila condensa problemáticas de absoluta vigencia. La globalización neoliberal (cuyo primer experimento histórico exitoso fue precisamente el Chile del chicago-gremialismo), las crisis sistémicas, las insurrecciones, el auge delincuencial, los desórdenes públicos, así como la reaparición en Occidente del hecho bélico, han despertado un renovado interés —tras la larga quietud fukuyamiana— por la excepcionalidad y el decisionismo.

Este libro puede suscitar en el lector reflexiones en torno a la dramática situación de tensión social ocasionada por los desmanes de la ideología multiculturalista en los barrios de algunos países europeos como Molenbeek (Bélgica), Saint Denis (Francia), Rosengård (Suecia), El Raval (Barcelona), así como en los barrios de Santiago, Valparaíso y otras ciudades de Chile, sobre todo, a partir de los hechos de octubre de 2019, más conocidos como el «Estallido social». Hechos que, a pesar de quedar aparentemente sepultados bajo la crisis de la Covid-19 (por lo demás, como sucedió con el secesionismo catalán en España), mostraron la incapacidad de la izquierda posmoderna de hacer frente a los mismos demonios que ella misma había invocado. Asimismo, las páginas que siguen pueden arrojar algo de luz al tremendo desafío perpetrado por el indigenismo terrorista mapuche a la unidad de la nación chilena.

Donoso lo tenía claro. No puede haber medias tintas con los territorios insurreccionados, como es el caso de la comunidad mapuche de Temucuicui en la región de La Araucanía (y como lo fue el País Vasco bajo el yugo de la organización terrorista ETA en España), bien sea por motivos sociales, bien sea por motivos religiosos, bien sea por pretensiones independentistas: «El estado de prevención es aplicable, cuando un territorio, sin estar en estado de guerra, está fuera de su estado normal, ya sea a causa de insurrecciones parciales, ya a causa de una conspiración, bien por ser limítrofe de territorios o puntos insurreccionados que le amenacen. Por lo demás, cualquiera se persuadirá fácilmente de que es de todo punto imposible sujetar a número y a cálculo las diversas circunstancias que pueden influir en que una provincia o un vasto territorio pasen de su estado normal a aquel estado de perturbación incipiente, que hace necesaria la concentración del poder en los jefes militares» [17] . Lo llamativo es que so capa de tolerancia y respeto por los Derechos Humanos, nos ha sido hurtada la posibilidad real de discutir con toda libertad acerca de los límites y problemas de la democracia liberal, empobreciendo con ello la larga tradición de pensamiento político a la que nos debemos. Precisamente, por su defensa de la libertad de discusión este libro se antoja más necesario que nunca.

Y puesto que no hay libertad sustantiva sin orden, Donoso se vio obligado a tomar distancia para con el liberalismo doctrinario y articular su propia «filosofía del orden». José María Beneyto en su obra Apocalipsis de la Modernidad. El decisionismo político de Donoso Cortés (1993) supo ver esto con enorme claridad: «Donoso invoca la necesidad de una filosofía ‘dogmática’, de una filosofía del orden contra el eclecticismo de los liberales evocando el cuadro de la crisis amenazadora» [18].

Con todo, Donoso Cortés sigue siendo difícilmente encasillable… ¿Liberal? ¿Autoritario? ¿Decisionista? ¿Tradicionalista? La compleja figura de este hidalgo español revela amargamente la pobreza de nuestros debates contemporáneos. Donoso Cortés pertenece al linaje de los espíritus que desbordan las categorías. Con el Verbo y la espada por estandarte, sus reflexiones en materia filosófica, teológica, política, jurídica, e incluso antropológica tienen aún mucho que decir en nuestros aciagos días.

Autor: Yesurún Moreno Gallardo

Notas

[1] Peter Gowan, «Donoso Cortés: un español singular», en New Left Review, núm. 6, ene.-feb. 2001, p. 172.
[2] Juan Donoso Cortés, Historia de la regencia de María Cristina de 1843, en Obras Completas (ed. Juan Juretschke), tomo II (Madrid, BAC, 1946), p. 810.
[3] Luis Veuillot, Juan Donoso Cortés (estudio introductorio de José Antonio Pérez Ramos) (Madrid, CEU Ediciones, 2024), p. 70.
[4] Literato por vocación y católico por convicción, en su Carta al conde de Montalembert (recogida en esta antología), Donoso Cortés exhortaba a los católicos de su época a no quedarse de brazos cruzados hasta la Parusía: «la lucha es un deber y no una especulación para los que nos preciamos de católicos». Este «espíritu bifronte» (literario y caballeresco) es el que he tratado de reflejar con el título de esta obra.
[5] Alberto Caturelli, Donoso Cortés. Ensayo sobre su filosofía de la historia (Córdoba, Imprenta de la Universidad Nacional de Córdoba, 1958), p. 11.
[6] Juan Donoso Cortés, Discurso sobre la situación de España, en Obras Completas (ed. Juan Juretschke), tomo II (Madrid, BAC, 1946), p. 343.[7] Juan Donoso Cortés, citado por Elio Gallego, Estado de disolución. Europa y su destino en el pensamiento de Donoso Cortés (Madrid, Sekotia, 2017), p. 66.
[8] Carta de Donoso Cortés al director de El Heraldo, París, 15 de abril de 1852, en Obras Completas (ed. Juan Juretschke), tomo II (Madrid, BAC, 1946), pp. 605-606.
[9] Carl Schmitt, Interpretación europea de Donoso Cortés (Madrid, Ediciones Rialp, 1952), pp. 22-23.
[10] Dalmacio Negro Pavón, prólogo a Donoso Cortés: la razón antiliberal. Una antología (Madrid, Editorial Manuscritos, 2024), p. 19.
[11] Juan Donoso Cortés, Proyecto de Ley sobre estados excepcionales de 1839, en Donoso Cortés: la razón antiliberal. Una antología (Madrid, Editorial Manuscritos, 2024), p. 85.
[12] Eugenio d’Ors, Donoso Cortés en Italia, Nuevo Glosario, tomo I (Madrid, Aguilar, 1947), p. 970. Sorprende sobremanera la actualidad del artículo de d’Ors publicado originalmente en el diario ABC en 1924 y recogido luego en el Nuevo Glosario en 1947.
[13] Juan Donoso Cortés, Lección X: Importancia de las reformas políticas, 21 de febrero de 1837, en Lecciones de derecho político (Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1984), p. 129.
[14] Norberto Bobbio, «La dictadura moderna», en Estado, gobierno y sociedad. Contribución a una teoría general de la política (Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001), p. 210.
[15] Precisamente, el intento de identificar conceptos como «dictadura» y «tiranía» ha generado un caos conceptual tremendo en el seno de la Modernidad de difícil salida, reforzando —directa o indirectamente— el ideal de la democracia burguesa como la única politeia posible.
[16] Domingo González, Soberanismos (Madrid, CEU Ediciones, 2025), p. 15.
[17] Juan Donoso Cortés, Proyecto de Ley sobre estados excepcionales de 1839, en Donoso Cortés: la razón antiliberal. Una antología (Madrid, Editorial Manuscritos, 2024), p. 92.
[18] José María Beneyto, Apocalipsis de la Modernidad. El decisionismo político de Donoso Cortés (Barcelona, Editorial Gedisa, 1993), p. 62.

El verbo y la espada: la filosofía del orden de Donoso Cortés

Antología de Yesurún Moreno Gallardo

Editorial Conservadora

2025

Este texto fue publicado originalmente como epílogo del libro El verbo y la espada: la filosofía del orden de Donoso Cortés, editado por Editorial Conservadora (2025). Los cortes fueron realizados por la redacción con autorización del autor.

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