2023 02 Rusia Ucrania 1

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Tres visiones de la ética de la guerra en la película Eye in the Sky

Hace un año ―24 de febrero de 2022― comenzó la guerra entre Ucrania y Rusia. Desde ese momento, el Este del viejo mundo ha estado en la mira de los medios de comunicación. Llueven noticias sobre el avance ruso y la resistencia ucraniana. Hace apenas unos días ―31 de enero― volvió a informarse sobre un envío de armamentos para Ucrania por parte de occidente: “Guerra Rusia-Ucrania: Francia enviará obuses adicionales”. Pero el titular venía acompañado del número de bajas militares de ambos lados hasta la fecha: 200.000 (divididos por igual, aproximadamente, entre ambos bandos).

UCRANIA RUSIA

Mucho se podría decir y se ha dicho sobre la justicia o injusticia de la agresión rusa: si Ucrania habría roto o no los acuerdos de Minsk, si el sufrimiento de la población rusa en Ucrania era suficiente causal para invadir, o si es puro afán de poder de un líder extremista que reconoció la debilidad de Estados Unidos durante el mandato de Joe Biden… Todas esas aristas me exceden con creces, y no es este el lugar para profundizar en ellas, pero quizás sí para reflexionar sobre las atrocidades de la guerra (pues en toda guerra hay muertes inocentes que la hacen socialmente indeseable), y sobre el apoyo bélico más o menos irreflexivo a uno u otro bando, con todas las consecuencias que ello implica.

Hay quienes ven la política internacional bajo las categorías pragmáticas de Maquiavelo. Otros hacen reflexiones éticas, pero bajo ópticas utilitaristas que justifican cualquier cosa (en el caso de nuestro occidente, frecuentemente se pretende justificar todo lo que beneficie a Ucrania, en pos de una supuesta defensa de la sacrosanta democracia liberal). No faltan tampoco los pacifistas, que por su ingenuidad quedan más o menos fuera del debate geopolítico real. En fin, la ensalada surtida de posiciones complica la situación.

Podemos decir que hoy el hombre de la calle suele tener una de dos convicciones morales: el consecuencialismo o el sentimentalismo.

Nuestro tiempo, como ha ocurrido en muchos otros siglos y lugares de la historia, tiene la peculiaridad propia de los momentos de crisis espiritual y decadencia moral, aunque acompañada de un enorme avance técnico: un enorme relativismo ético, en que múltiples visiones de la moral se presentan como incompatibles. En muchos casos la incompatibilidad lleva a muchos a renunciar a la verdad moral, buscando una paz política sin comunidad en torno a una cosmovisión. Se podría hablar de muchas tradiciones académicas, ideologías políticas o tendencias culturales ―Alasdair MacIntyre, por ejemplo, selecciona la propuesta de Nietzsche en Zur Genealogie der Moral, la ética subyacente a la Enciclopedia Británica y la moral clásica propuesta por León XIII en la encíclica Aeterni Patris―, pero podemos decir que hoy el hombre de la calle suele tener una de dos convicciones morales: el consecuencialismo o el sentimentalismo.

El año 2015 se estrenó una película que presenta un caso óptimo para reflexionar sobre estas cuestiones: Eye in the Sky. La película, en efecto, expone ambas visiones (y otras de menor relevancia) a través de los personajes a los que les toca tomar una decisión éticamente difícil, mostrando las consecuencias que se producen en toda guerra. Desde la comodidad de una sala de reuniones cerrada, un grupo de británicos decide si disparar un misil desde un dron en Nairobi, Kenia. Veían por cámara lo que ocurría dentro de una casa en la que se encontraban unos terroristas que estaban a punto de ejecutar un atentado con un suicida que quitaría la vida a muchísimos inocentes mediante un chaleco bomba. No había posibilidades de captura incruenta: debían decidir si destruir la casa o no. Pero a esta decisión se agregó una variable que hizo todavía más complejo el escenario: una niña que vendía pan se instaló justo afuera de esa casa. Bombardear implicaba el riesgo de matar a una niña inocente.

TAPA PELICULA

Ambas visiones se fundan en premisas equivocadas, que llevan a un debate estéril en que ambas partes no pueden enfrentarse racionalmente. La solución a que llega hoy la tradición tomista, en cambio, se basa en el principio del doble efecto

Entonces surgen las visiones sobre la ética que nos interpelan para el debate actual sobre el conflicto ruso-ucraniano. Por un lado, Angela Northman (Monica Dolan), una asesora en materia de derechos humanos, representa el sentimentalismo. Ella desde un principio se opone a disparar, a priori, pues creía que se debía capturar vivos a los terroristas para que sean juzgados, sin preguntarse siquiera por la factibilidad de esa postura (siguiendo estándares ingenuos, similares a los de la ideología pacifista)… y su postura se mantuvo con más fuerza cuando la niña entró en escena. Por otro lado, el Teniente General Frank Benson (Alan Rickman) y la Coronel Ketherine Powell (Helen Mirren) muestran la visión consecuencialista: querían eliminar al enemigo a toda costa, sabiendo que el precio a pagar era una sola vida, frente a muchas más que morirían en el atentado. Las palabras del Teniente General son muy ilustrativas: Never tell a soldier that he does not know the cost of war (“nunca le diga a un soldado que no conoce el costo de la guerra”).

Ambas visiones se fundan en premisas equivocadas, que llevan a un debate estéril en que ambas partes no pueden enfrentarse racionalmente. La solución a que llega hoy la tradición tomista, en cambio, se basa en el principio del doble efecto, para el cual a juicio nuestro la película sirve como un excelente ejemplo:

Es lícito poner una causa dirigida a un efecto bueno, aunque de ella se siga un efecto malo, cuando se cumplen las siguientes condiciones, a saber: 1.°, que el fin del agente sea honesto; 2.°, que la causa sea en sí misma buena o al menos indiferente; 3.°, que el efecto bueno se siga de la causa [al menos] con igual inmediatez que el malo; 4.°, que el efecto bueno al menos compense al mal. (Gury, J.P.; Compendium theologiae moralis, citado y traducido por Miranda, A.; El principio del doble efecto y su relevancia en el razonamiento jurídico).

Se trata del pragmatismo superficial que hoy vemos día a día en el acontecer político: la Realpolitik de un Pilatos dispuesto a condenar a un inocente con tal de evitar ciertas consecuencias. La opinión de Angela Northman manifiesta, por otra parte, un sentimentalismo tan superficial como el pragmatismo consecuencialista, pero además utópico e inútil

Pareciera que la acción cumple con todos los requisitos (salvo, quizás, el fin del agente, que no podemos conocer con certeza): disparar el misil ―un hecho que en sí mismo no es injusto― causa dos efectos, uno bueno y uno malo, pero se realiza en orden al efecto bueno, que no se sigue causalmente del malo (matar a la niña no es un medio que causa la conservación de vidas inocentes, sino que su muerte es un efecto indeseado del único medio que se tenía a mano para conseguir ese objetivo) y, por último, el efecto bueno podemos razonablemente pensar que compensa el mal. Este último requisito es el que se conoce como causa proporcionada.

El sentimentalismo pacifista vive en un mundo de ángeles donde el mal no existe, o donde no nos es exigible mancharnos en el barro de las acciones concretas, con toda su complejidad, causando efectos indeseados.

La visión de la Coronel y el Teniente General toma en consideración la comparación entre los dos efectos, pero los cuantifica, dándole un valor absoluto a las consecuencias, sin atender a la justicia o injusticia de la acción misma. Si bien esa comparación sí es real, el consecuencialismo utilitarista no llega al verdadero por qué de la necesidad de disparar. Se trata del pragmatismo superficial que hoy vemos día a día en el acontecer político: la Realpolitik de un Pilatos dispuesto a condenar a un inocente con tal de evitar ciertas consecuencias.

La opinión de Angela Northman manifiesta, por otra parte, un sentimentalismo tan superficial como el pragmatismo consecuencialista, pero además utópico e inútil. Ella no quería atacar, simplemente porque no ve que en ciertos casos es necesario causar indirectamente ciertas consecuencias negativas. Es necesario actuar en un mundo que no es perfecto, porque el inmovilismo puede llevarnos a incumplir por omisión con nuestro deber. Ella decía al Teniente General: “En mi opinión, eso fue una vergüenza; y todo hecho desde la seguridad de su asiento”. Con acierto, el militar le contesta: “He asistido a las secuelas inmediatas de cinco atentados suicidas, sobre el terreno, con los cadáveres. Lo que han presenciado hoy, con su café y sus galletas, es terrible. Pero lo que estos hombres habrían hecho habría sido aún más terrible…”. El sentimentalismo pacifista vive en un mundo de ángeles donde el mal no existe, o donde no nos es exigible mancharnos en el barro de las acciones concretas, con toda su complejidad, causando efectos indeseados.

La película nos muestra, en pocos minutos (apenas 102 minutos), un caso interesantísimo en que ―a juicio mío― se hace necesario causar indirectamente la muerte de una niña inocente, si se quisiera salvar a otros inocentes de un ataque terrorista (y, sin embargo, la muerte de la niña no es un medio para alcanzar dicho fin). Una película entretenida, útil para cineforos y para reflexionar sobre este importante principio, aplicable a casos tan reales como el de un embarazo ectópico… o de la cooperación en un conflicto bélico. Sin perder entretenimiento, no cae en simplificaciones ni vaguedades. Gavin Hood como Director supo darle un nivel de tensión emocionante conjugado con la profundidad de un problema moral difícil enriquecido por diversas circunstancias que hacen más extrema la situación.

La reflexión sobre qué deben hacer nuestros países hispanoamericanos frente a esta guerra que ya lleva un año ―como hizo recientemente el Presidente Boric respecto de Chile― es una materia que no podemos tocar aquí. Pero lo mínimo que podemos hacer es tomarle el peso al “costo de la guerra”, ser conscientes de las atrocidades de uno y otro bando y, sobre todo, tratar de pensar si ―más allá de los eslóganes promovidos por la prensa― se trataría de una cooperación necesaria para una guerra justa, o de un mero acto de sumisión titiritesca al capricho de los líderes de una esfera globalista-liberal.

Autor: Vicente Hargous

Investigador de la ONG
Comunidad y Justicia

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