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Basta salir a la calle para comprobar que campea el desorden, el dolor, la injusticia. Si miramos a nuestros vecinos comprobaremos otro tanto. No se trata solo de que la izquierda gane cada vez más terreno en Latinoamérica, porque los bienes en juego no son patrimonio de ningún conglomerado ni logran comprenderse desde la dialéctica ideológica partidista. Sin embargo, Petro, Fernández, López Obrador, Maduro, Castillo y Boric, tal como previamente Chávez, Kirchner, Lula, Morales, Correa y Bachelet (y a estos efectos, también Piñera), aunque con matices, abrazan la misma agenda liberal progresista de transformaciones estructurales. La izquierda, en la región y el resto del mundo, se ha mostrado siempre como maestra del dominio cultural por medio del envilecimiento de las leyes y, así, de las costumbres. La fuerza docente y directiva de la ley es innegable, y por eso el progresismo ideológico se sirve de ella para envenenar la cultura.

Las causas son muchas, y entre ellas destaca la degradación de la actividad política. Corruptio optimi pessima, decían los antiguos, y tenían razón: el rebajamiento de la política, dada su nobleza como actividad práctica ordenada al Bien Común, es gravísima y causa de grandes males. Por ello es tan necesario recuperar y revalidar esta actividad, situándola en su verdadero lugar. Hay que ordenar la política, y para eso resulta indispensable reconocer y recordar su fin. A este respecto abundan los errores, por exceso y por defecto.

Por exceso, es un error atribuir a la política la responsabilidad de alcanzar por sí misma el fin sobrenatural al que la persona está llamada. Entregar a la política la función de elevar a las personas al orden de la gracia deviene rápidamente en un clericalismo inaceptable. No es ese su rol ni es competente para ello, aunque no sea por completo independiente de dicho fin. En efecto, «a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (Gaudium et spes 43). Lo sintetiza magistralmente santo Tomás en su Opúsculo del Reino:

Puesto que el fin de esta vida que merece aquí abajo el nombre de vida buena es la beatitud celeste, es propio de la función real procurar la vida buena de la multitud en cuanto le es necesaria para hacerle obtener la felicidad celeste; lo cual significa que el rey debe prescribir lo que conduce a ese fin y, en la medida de lo posible, prohibir lo que se opone.

La separación, por tanto, no es radical. No existe ninguna actividad humana autosuficiente que no requiera ordenarse a Dios. El mundo del César no es un universo aparte y por completo independiente; cuando ha procurado serlo, indefectiblemente se ha tornado contra el hombre.

Entonces, si bien la política no tiene por objeto propio y directo la salvación de los hombres, se yerra por defecto cuando se la subordina a una finalidad estrictamente inmanente. Así ocurre, por ejemplo, cuando se concibe y ejerce la política como el arte de lo posible. En esta frase, que se repite como mantra mágico, se encierra una verdad evidente y, a la vez, un profundo error.

Es obvio que, en cuanto actividad humana, la política está determinada por lo que puede suceder y lo que efectivamente, según las alternativas disponibles, se podría realizar. Siguiendo a Balmes, ni los imposibles metafísicos ni los de sentido común forman parte del ejercicio político. Los deseos utópicos y los maximalismos alejados de la realidad son absurdos e imprudentes, y quien los promueva o pretenda sería un muy mal político.

Sin embargo, se debe tener cuidado. El arte de lo posible bien puede ser el axioma justificativo de un pragmatismo pusilánime, ramplón, cortoplacista y egoísta, propio de atender a las circunstancias y arrodillarse ante ellas, afirmando con rapidez que “eso es lo que hay y con ello hay que jugar”, conformándose siempre o casi siempre con el logro del mal menor.

La política malminorista es la que, pretendiendo monopolizar el “realismo”, se contenta sistemáticamente con no dar el buen combate, como diría San Pablo. Lo estima imposible, utópico, políticamente incorrecto o impopular. Carece de agallas para desafiar la ortodoxia dominante y asumir el costo que conlleva la batalla cultural, convirtiéndose, más temprano que tarde, en cooperadora material –y a veces formal– del mal social, fundamentalmente mediante su apoyo a leyes corruptas que son corruptoras de la vida buena.

Es cierto que no es posible realizar siempre todo el bien deseable, pero tampoco es prudente el fatalismo político que se resigna a aceptar los males vigentes como insuperables. No es lo mismo el sano realismo –propio de la esperanza cristiana y del optimismo metafísico que demuestra y proclama la imbatible superioridad ontológica del bien– que el pérfido derrotismo de la política que no tolera el mal como una excepción que corresponde asumir con dolor para conservar ciertos bienes o evitar males mayores, sino como estrategia habitual por estimar imposible algo más y algo mejor, abrazando, en los dichos y en los hechos, la tolerancia liberal y relativista de Locke. De este modo, la política retrocede siempre, de mal menor en mal menor, aliándose, en la práctica, con el mal mayor, apoyándolo por acción y omisión. Así se corrompe la vida social y toda la acción política.

Esta política malminorista olvida que el recto modo de comprender el arte de lo posible debiera orientar su acción en el sentido contrario. Y es que, en lo que compete a la formación de las leyes y la conducción gubernativa, la política se realiza a través de los actos libres, de las decisiones de quienes ejercen autoridad. Y este campo es el de lo siempre posible: siempre es posible que la autoridad, así como la nación entera, cambien de opinión y decidan algo distinto a lo previamente resuelto.  El “realismo” malminorista que desecha a priori como imposible un curso de acción humano específico, según se ve, destila no poco determinismo y aparece bastante influido por condicionamientos mundanos, y se muestra inocente frente al indesmentible hecho de que, bajo tal predicamento, son siempre los más astutos los que ponen la música y manejan los hilos llevando el agua a su propio molino.

El malminorismo se transforma en un pacifismo extremo y cobarde, pues no resiste ni combate, adoptando una posición pueril y estéril: la del que calla siempre y no da testimonio de la verdad, dejando el campo de batalla despejado para el avance ideológico, pues el mal avanza siempre en la medida en que el bien retrocede. Este es el drama de la política Latinoamericana.

La genuina política realista espera y procura lo mejor. Combate el mal. Vince in bono malum. Es magnánima. Aspira a que la vida en común no sea una mera coexistencia pacífica entre individuos aislados e indiferentes, sino entre amigos virtuosos. Procura y promueve esa épica, a tiempo y destiempo. Dice la verdad. Tolera el mal cuando no hay mejor alternativa, y punto. Se toma en serio la libertad humana y elige disponer los medios a su alcance para influir en las decisiones de los otros. Confía en que ello es posible y, sobre todo, confía en Dios, Quien puede mover hasta los corazones más endurecidos.

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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