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Escritorio del Editor

La patente realidad de los cristianos perseguidos deliberadamente es ocultada una y otra vez. “La ‘cuestión religiosa’ no aparece en el estropeado radar de los opinantes de los medios de comunicación hegemónicos. Y si aparece, siempre lo hace como fuente de los problemas” (Bazán, J.L.; “¿A quién le importa la libertad religiosa?”). La libertad religiosa ya no se respeta ni siquiera al modo laxo que propugnan los liberales, pues hoy en muchos lugares hay obispos que son arrestados ―como en la dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua― y en otros hay mártires: cristianos asesinados por odio a la fe. Pero existen diversas formas de persecución, y algunas son más veladas. Vivimos, como dijera Ratzinger, en una sociedad postcristiana, en la que las burlas contra las imágenes religiosas son pan de cada día. Y más aún, insultos y actos tremendamente ofensivos contra los cristianos se realizan constantemente, de manera impune, a vista y paciencia de sacrosantos organismos de derechos humanos que parecen solamente sacralizar los supuestos derechos exigidos por el lobby LGBT, el lobby proaborto y los discursos dominantes. “Hordas de orcos queman iglesias antiguas, profanan sagrarios, quiebran vitrales y estatuas” (Mena, J.; “El culto a lo feo”). Este momento histórico ya no cabe en la etiqueta de secularización, sino en la de una desacralización o, incluso, de una profanación. Se vulnera lo más sagrado precisamente en su aspecto más santo.

Basta con mirar las últimas semanas y veremos muchísimos escándalos: una aberrante burla contra la Virgen del Rocío en España, la blasfema exposición artística de la Universidad Nacional de Cuyo en Mendoza, el caso de la “Virgen de los detenidos desaparecidos” en Chile… Esto da para muchos temas que se podrían tocar. Podríamos decir algo sobre la hipocresía de los progres que se ofenden por todo, pero que atacan gratis y sin límite a los católicos. También podríamos decir mucho sobre la mentalidad laicista de algunos libertarios, que incluso llegan a proponer la eliminación de los símbolos religiosos del espacio público (cfr. Astaburuaga, R.; “Un ateísmo de derecha”).

Frente a este tipo de situaciones los cristianos podemos caer en muchos defectos, como el derrotismo de encontrarnos en una sociedad que no nos quiere, o el silencio cómplice de quienes prefieren esconder su fe en los rincones más recónditos de la propia conciencia. Pero este tipo de hechos pueden ser también ocasión para levantar la mirada hacia lo alto, hacia los montes, de donde nos viene nuestra ayuda (cfr. Sal. 120, 1). Quizás, muchos católicos hemos perdido parte de la conciencia de lo que somos. Hace algunos años podemos decir que existía una cultura católica, para cuya restauración Dios cuenta con nosotros. Tal vez nos hace falta mirar más lo propio para dicha restauración, pues nadie da lo que no tiene.

La cultura católica ―particularmente la nuestra, cuyo origen es la síntesis barroca hispanoamericana― encarna los ideales de nuestra fe en la materialidad de la vida: en la arquitectura, en el arte sacro, en la vida familiar y en el debate propiamente político… Aunque suene escandaloso, el catolicismo es la religión de la materia… ¡sí! ¡de la materia! ¡Y también de la carne! Nosotros creemos en la Iglesia militante, con su estructura terrenal y con sus fieles ―“la santa Iglesia de todos los días” de la que hablaba Esteban Gumucio―, precisamente porque creemos que el Verbo de Dios se hizo carne. Esa fe en la que creemos es confesada comunitariamente en el Credo, celebrada materialmente en la liturgia, alimentada con signos sensibles que son los sacramentos, vivida en la práctica de los mandamientos ―“muéstrame tu fe sin obras, que yo en mis obras te mostraré mi fe” (St. 2, 18)― y en la vida de oración (CCE, N°26)… Suena osado, pero osado suena también creer en un Dios que se hace hombre y hombre pobre, ¡y mucho más en un Dios encarnado que se hace pan! No creemos en una verdad puramente ideal o abstracta, sino en Cristo, “la Verdad que es asimismo la Vida” (Lira Pérez, O.; “Catolicismo y democracia”).

Osados fueron también los primeros Padres Conciliares que condenaron como hereje la consideración de Cristo como un ángel, o como un ser de naturaleza enteramente divina pero con mera apariencia humana. Pero no podía dejarse pasar ese error, pues nuestra fe tiene en su centro el Misterio de la Encarnación. Por eso, nuestra fe no es abstracta, sino una fe que, cuando es fe viva, informa la materia que es cada cultura. Nuestra cultura latinoamericana que vemos en las manifestaciones de piedad popular es vitalmente católica. Cuando atacan nuestra fe nos atacan a nosotros, atacan a nuestra comunidad, a nuestra identidad, a nuestra tierra, a nuestra cultura… Y cuando queremos reducir la fe a una especie de espiritualidad huera ―a una suerte de fe globalista, etérea, de supermercado―, a una “mera religión”, deja de ser una fe viva, una que impregne todos los aspectos de la vida (cfr. Lira Pérez, O.; “Catolicismo y democracia”). Si el catolicismo no es vida de Dios en nosotros ―la gracia santificante es un hábito entitativo sobrenatural―, simplemente no es catolicismo.

Frente a la profanación de lo no profano no basta con la tristeza ni con la rabia ―aunque sería propio del virtuoso sentir según lo que corresponde con situaciones que ameritan tristeza o rabia―, sino que es necesario abrazar lo nuestro ―abrazarlo vitalmente, en el trabajo, en la familia y en la política― lo que es nuestro en Cristo, en nuestra sangre y en nuestra tierra. Él mismo nos anima: “¡Confiad!: ¡Yo he vencido al mundo” (Jn. 16, 33).

Autor: Álvaro Ferrer

Editor Revista Suroeste

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